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Detectives del sexo

Capitulo I: Agente Carmen Lee

La Noche subterránea de Tokyo  es más que luces de neón. Existen oscuros callejones donde el nivel de depravación traspasa límites conocidos por el ser humano, pero en este periodo de la civilización post esterilización, eso no constituye delito alguno.

El vapor nocturno de las alcantarillas cubre la diminuta puerta que conduce al interior del Olimpus. Del efecto niebla que surge del subsuelo emerge la figura de una dama tremendamente sexy, embutida en una gabardina de satín negro. Calza sendos botines con largos y afilados tacones. Su cabellera es una suave seda rosada que fluye en cascada hasta sus mejillas.

Se detiene frente a la estrecha entrada. La holopantalla se enciende y un cancerbero aparece emitiendo un fuerte rugido pidiendo identificación. Ella abre su boca lentamente dejando asomar su rosada y húmeda lengua, la cual, se acerca lentamente a la criatura virtual, cuyos colores negros, grises y verdes le dan un aspecto desesperanzador.

Inmediatamente el animal en la holopantalla saca tres inquietas y babosas lenguas púrpuras. Los cuatro músculos acortan distancias hacia un punto en común hasta que se cruzan, ejecutando inmediatamente un roce circular. El cancerbero emite un sonido que expresa satisfacción. Las grandes pupilas de la mujer están fijas en la pantalla, la cual,  cambia a  rosado y blanco, eliminando a la criatura infernal para darle lugar una tierna mujer en animación 2D, voluptuosa, con senos generosos, puntiagudos y  con una delicada aureola. Un monte de Venus totalmente afeitado, labios carnosos. La pantalla deja escuchar un tierno vals como fondo musical, mientras aparece la siguiente información:

Nombre: Suyiko Kateshi

Piel: Blanca

Cabello: Rosa

Ojos: Pardos

Dirección: Plan C-32

Medidas: 92 63 92

Edad: 21

Sexualidad: Bi

Desempeño: Dominación, sumisión, orgías.

Preferencias: Sexo Oral, Doble Penetración con máquinas

Patologías: Ninguna

La pantalla se apaga, la puerta se abre, Suyiko entra. A medida que recorre el estrecho corredor con paredes de neón azul, asépticas, con estatuas de los dioses de la mitología griega, se van sintiendo las vibraciones de la música. Desemboca en un gran lounge repleto de personas que bailan al ritmo del trip hop, mientras los flashes de las estroboscópicas desorientan levemente.  Pasa junto a la pista con elegancia y sensualidad, ante la mirada de fascinación de hombres y mujeres.

Llega a la barra, abre su gabardina y de inmediato baja la cremallera que tiene en la entrepierna de su braga ceñida al cuerpo. Se deja caer suavemente en el asiento fálico, el cual, se cuela hasta lo más profundo de su vagina y le hace jadear.

–       Ahhh

Cada asiento vibra dándole placer quienes degustan tragos  en la barra.

–       Un Blueberry en vaso largo   –le dice Suyiko a la bartender-

Una dama tahitiana, hermafrodita, de cabellera violeta, sin ropa, asiente con una sonrisa. Los cuerpos sudados de la gente que baila con sus torsos descubiertos se rozan, aumentando sus temperaturas. Alrededor hay personas situadas en mesas. Más allá, se encuentran otros amantes acostados en camas y puffs desplegables. El humo del opio, tabaco, crack y hachís crea una delgada neblina con olor pastoso.

La recién llegada explora el lugar con la mirada. Observa las diminutas cámaras ocultas en cada rincón. La bartender de Tahití le da el trago y ella le agradece con una sonrisa.

Suyiko da un sorbo y se estremece, disfruta el sabor de la bebida y la comodidad de su asiento. Su cintura gira instintivamente correspondiendo a las vibraciones. Respira profundo. Echa su cabeza hacia atrás con ojos cerrados. Los abre con lentitud dirigiéndolos a  su figura reflejada en el techo.

Del otro lado de los cristales está parado un hombre caucásico, con cabellera castaña y ojos felinos a quien una quinceañera le lame el glande con afán. Se concentra en la mirada extasiada de Suyiko, ambos rostros con expresiones de placer parecieran contemplarse mutuamente.

El intercomunicador de la barra se activa, la bartender contesta. El hombre a quien le practican blowjob aparece en la pantalla.

–       Dile a la chica del Blueberry que suba

–       Entendido –responde la mujer hermafrodita-

La cantinera desnuda le hace una señal a Suyiko para que se acerque. Le dice algo al oído y le indica una puerta. La chica de satín negro se desempotra del asiento, cierra la cremallera de su traje y la gabardina. Agarra su trago y se dirige a una puerta que se abre automáticamente.

Recorre el pasillo repleto de cubículos que flashean dejando ver siluetas humanas experimentando sexo en todas sus variables. La presencia de la música no evita que se escuchen los gritos de dolor y placer. Un diminuto elevador aparece ante ella, abriendo sus puertas para dejarle entrar. Ahí se percata de un botón con llave que conduce a un piso inferior. El aparato sube.

La mujer aparece en medio de las puertas corredizas del ascensor y se abre paso entre tres aterrorizantes escoltas Drags, quedando a metro y medio del hombre que la ha hecho subir, el cual,  de espalda,  levanta su mano en señal de que debe esperar. Ella obedece. El individuo estalla en un  orgasmo y derrama su carga genética sobre el rostro de la jovencita que le ha chupado el miembro. La niña lo recibe con candidez. Se saborea y se retira en silencio.

– Bienvenida –Dice cortésmente el hombre al dar la vuelta y fijar su vista en las pupilas de Suyiko-

La mutua contemplación se hace eterna. La invitada trata de no mirar el miembro húmedo de su anfitrión.

–       Gracias – Dice finalmente Suyiko con una sonrisa picante-

El hombre saca un pañuelo de su bolsillo, limpia  su falo y lo guarda. Devuelve el pañuelo a su sitio. Ella observa en silencio mientras termina su bebida.

–       Intuyo que tienes paladar exigente.

Suyiko asiente lentamente. Su anfitrión hace una señal con la cabeza a uno de los Drags. Este sirve más blueberry en el vaso de la recién llegada.

–       Soy Damián Avernus, dueño de todo lo que ven tus ojos.

–       Ummmm, me agrada.

–       Y tú eres…

–       Suyiko, pero eso ya debes saberlo.

–       A veces uno cree saber, pero en verdad no sabe nada.

¿Primera noche en el Olimpus?

Suyiko asiente lentamente.

–       Quizás no me creas, o te suene a cliché, pero siento que te conozco desde siempre.

–       ¿Almas gemelas?

–       Eso depende de cuantas almas se tenga.

El dueño del Olimpus y su invitada van hacia una cama redonda y fucsia, ahí les espera un minibar con toda clase de bebidas y golosinas lisérgicas. Desde esa posición puede verse todo lo que ocurre en la pista de baile. Adicionalmente, un airscreen con varios previews ofrece una vista de cada rincón del antro.

Damián se sirve una bebida viscosa y marrón proveniente de una gran botella sin etiqueta. Suyiko se despoja de su gabardina y se tiende cómodamente en el lecho. El hombre se quita la camisa dejando ver su piel aséptica y su musculatura. Ella contempla la presencia que se cierne sobre su anatomía. Cierra los ojos y recibe placidamente la lengua de su anfitrión. Ambos músculos juguetean y danzan sus texturas húmedas con tal nivel de deseo y entrega que los cuerpos de los amantes no tardan en reproducir caricias y abandonan toda posibilidad de estar vestidos.

Ahora Suyiko explora con su lengua encendida cada centímetro cuadrado de la piel de su compañero, mientras este ha ido directamente al mando principal de la entrepierna jugosa de su invitada sorpresa para dar placer con manos y boca.

La pareja se revuelca por toda la cama como salvajes poseídos por sus instintos más básicos. Los escoltas miran extasiados. Diminutas cámaras graban el encuentro.

Afuera, todos están entregados al clímax de un imperio de sensaciones. Todos se dejan llevar. El pulso se acelera, la respiración se entrecorta.

Un piso más abajo, también se escuchan jadeos, respiración acelerada y gritos de dolor. Llantos de mujeres y recién nacidos. Viscosidad. El hedor del líquido amiótico formando una trampa resbalosa en el suelo. Rostros de hombres de todas las razas y condiciones sociales reflejan una mezcla de felicidad, devoción y angustia: Paternidad. Todo contrasta dramáticamente con lo que sucede arriba, aunque ambos procesos estén ligados de manera indisoluble. Hombres y mujeres con mascarillas se encargan de los partos.

Suyiko realiza el felacio de manera pulcra y agresiva haciendo que Damián aúlle. Ella está totalmente ausente, recorre la senda en llamas del intercambio sexual. Siente como su ano y clítoris son estimulados por una, dos, tres lenguas bien largas, lubricadas y precisas. El placer que esto le provoca la sumerge en un letargo orgásmico, pero de pronto, aterriza en su cinco sentidos y muerde el miembro de Damián.

–       ¡Ayyyyyyyyyyyy! ¡Maldita!  – Grita Damián con una expresión que mezcla una sonrisa ahogada en sospecha comprobada-

El hombre no ha terminado la frase cuando ve a su mascota genéticamente modificada caer al suelo convulsionando y bramando sangre a chorros por los belfos. El sonido frágil e indefenso de un can moribundo contrasta con su imagen de aberración de la naturaleza y criatura infernal.

Los tres Drags  disparan sus ráfagas a la fiera desnuda en la que se ha convertido Suyiko pero ella se mueve más rápido y con los filosos tacones de sus botines abre sendos huecos en la yugulares de los tres, desatando chorros rojos que salpican por doquier.  Damián dispara y una de las balas le roza una nalga a Suyiko. La habitación se convierte en una trampa mortal con proyectiles que van y vienen de rebote en los cristales blindados.

El personal del sótano maternidad se percata de lo ocurrido a través de las pantallas de seguridad y envían un escuadrón de choque armado hasta los dientes. Suena una escandalosa alarma que asusta a los recién nacidos y sus padres.

En la pista de baile del lugar la gente está entregada a sus asuntos, mientras, en el salón superior, Suyiko ha tomado un arma de los Drags caídos y se ha metido en el elevador para protegerse de los tiros. La hembra desnuda abre las puertas del elevador y apunta. No hay nadie.

–       ¡Damián Avernus estás arrestado por incitación y posesión de un establecimiento de maternidad ilícita ¡

–       Esta vez casi me engañas Carmen, pero me acordé que detestas la zoofilia.

–       ¡Ya estoy cansada Damián, entrégate o te mato, esta locura ha llegado muy lejos.

–       Ya me entregué a ti hace tiempo.

La agente Carmen dispara. De pronto se cierran las puertas del ascensor. El aparato se dirige hacia el sótano. Ella dispara al techo quedando a oscuras. Damián corre a abrir las puertas del elevador a la fuerza, cuando logra abrirlas e intenta disparar casi es alcanzado por uno de los proyectiles descargados por el arma de Carmen Lee, quien se ha subido al techo. El dueño de Olimpus se cubre y las puertas se cierran nuevamente. El aparato llega al sótano y al abrirse el escuadrón armado se queda apuntando al interior sin luz. El ambiente puede cortarse con un retazo de terciopelo, la adrenalina corre y el silencio solo es interrumpido por los bajos  de la música en el piso superior.

Carmen aparece de cabeza y hace cinco disparos certeros que atraviesan las frentes de los francotiradores, derribándolos en el acto. La voluptuosa mujer ha desactivado la dermis de camaleón, dejando ver su negra y larga cabellera azabache, sus grandes pupilas color oliva y su escultural figura  porcelanada. Mira su nalga derecha y observa una fisura superficial color rojo de la cual baja un hilillo de sangre. Inmediatamente le quita el uniforme a uno de los cadáveres y se lo pone, le queda un poco ancho. También se lleva consigo dos ametralladoras de asalto, balas y un par de granadas.

Un lobby totalmente blanco y aséptico con una amplia sala de espera está vacío. Una fastidiosa alarma suena con frecuencia enloquecedora. Carmen sigue de largo por el largo y oscuro pasillo. Abre cada puerta, recorre cada rincón, no hay ni un alma. Solo queda el olor a fuente rota y líquido amiótico en el suelo.

Afuera, en el callejón, siete rústicos 4×4 negros rompen la cortina de vapor y frenan escandalosamente en la diminuta puerta del Olimpus. Más atrás llegan tres autobuses y seguidamente varias ambulancias. Seis escuadrones de encapuchados uniformados de negro bajan de los rústicos. La holopantalla se enciende y un cancerbero aparece emitiendo un fuerte rugido pidiendo identificación. Puerta y pantalla son borradas a fuerza de disparos. Los escuadrones penetran en el sitio.

Damián está en la azotea. Observa como del último rustico negro se bajan un hombre y una mujer de mediana edad con trajes ejecutivos azul marino. Son custodiados por tres hombres embutidos en uniformes negros y capuchas. Una mano en su espalda lo sorprende. Se da cuenta que es su amiga quinceañera, quién la ha traído una pesada maleta. Damián la abre y muestra expresión de satisfacción ante semejantes armas y poleas bungy con ventosas de escalar.

Una de las puertas corredizas del edificio que está al lado del Olimpus se abre darle paso a varios autopullmans que intentan escapar llevándose todo a su paso pero fracasan ante semejante barricada de vehículos en el callejón. Uno de los escuadrones rodea los buses y dan la voz de alto. Después de unos segundos, enfermeras doctores y pacientes abandonan los transportes.

El hombre y la mujer que visten de azul marino se acercan al grupo e inmediatamente la dama con elegante porte les habla en un tono rígido e intimidante.

–       División de Preservación Humana, están todos arrestados por violar los artículos 1, 9, 35, y 60 de los estatutos de control demográfico mundial.

Los recién detenidos son conducidos por otros agentes hacia los vehículos de detención o ambulancias, según sea el caso.

– Espero que la agente Lee haya atrapado a Damián. – Le comenta en vos baja la mujer que acaba de hacer el arresto a su compañero de traje azul marino y corbata-

–       No debe tardar en salir con ese demente.- Responde el hombre-

En el interior del antro, la gente ve llegar a los agentes y se apresuran a huir, muy pronto, el local queda abandonado.

El dedo índice de Damián se desliza por el gatillo de un rifle que apunta al pecho del hombre con traje azul marino. Al mismo tiempo, su compañera de quince años dispara con un lanza proyectiles hacia el ducto de aire acondicionado. La explosión que se produce adentro sacude a Damián, quien falla su tiro y le da en un brazo a su objetivo.  Damián se enfurece y le dispara a la chica  en la cabeza. Inmediatamente dispara una carga de polea hacia la cima de un rascacielos cercano para desaparecer en el cielo nocturno.

Abajo todos se ponen alerta y cubren a sus superiores e intentan ponerlos a salvo. La dama está preocupada por su compañero y amigo.

–       ¿Lance, estas bien?

El hombre asiente y mira la lengua de fuego que sale del establecimiento. De las llamas emerge una figura femenina. El rostro hermoso de la agente Carmen Lee deja atrás las paredes de candela. Los bomberos llegan de inmediato y las luces de sus sirenas se confunden con los neones de la multicultural Tokyo.

Esa misma noche, en el muelle, contempla a solas el mar tranquilo, su belleza y falta de expresión no demuestran la angustia que la embarga. “¡18 agentes muertos, 10 heridos, entre ellos, el comandante Lance Prestón y de paso, no pudiste cumplir tu misión agente Carmen Lee. ¿Que coño te está pasando?!”.

El regaño de la comandante Tatcher se escucha una y otra vez en su mente. Carmen se pregunta en silencio lo mismo que le ha preguntado su superiora. ¡¿Qué coño te está pasando?!.

Ella misma conoce la respuesta, está cansada de participar en esta cruzada inútil y carente de sentido. Suelta un profundo suspiro y dirige su mirada hacia las lucecitas intermitentes que se ven en el horizonte. Ahí mismo, en ese horizonte, a muchos kilómetros de distancia y bajo el mar, un submarino tripulado por Damián Avernus y su tripulación de mercenarios se dirige a Moscú. Desde ahí se reorganizarán las operaciones. Con la vista puesta en el radar, el fugitivo recuerda con dolor y placer el rostro inmaculado y perfecto de su Némesis, Carmen, la agente Carmen Lee.

Continuará…

Ilustración: Antonio Castellanos

(c) Edwing Salas    (A.K.A Maltrinomora)